ENCARNA GÓMEZ VALENZUELA
PRIMER PREMIO EN EL I CERTAMEN DE POESÍA
DE SIERRA MÁGINA CONVOCADO POR LA A.D.R.
SIERRA MÁGINA CAMBIL 30 DE ENERO DE 2010
Hace frío en los valles del invierno
Sierra Mágina del alma.
Hace frío en las camadas del cierzo.
Y en tus verdes olivares, repletos de verso y copla
se arremolinan las penas.
Escucho el eco de tu latido
en la sombra oscura de tu dolor,
de soledades y ausencias,
de poesía y de lamentos.
Acércate a mi pecho y apura
las caricias de la tarde,
el beso que te da la brisa y
el sueño morado de las aceitunas
que maduran sus ilusiones
bajo el sol de tus anhelos.
Tus soberbias cumbres aladas
agitan los vientos del crepúsculo
al ritmo cruel de la luz macilenta del ocaso.
El aire febril de tus alamedas
se desliza por tus valles de templanza
al compás de soleares.
La escarcha plateada
de tus mañanas de invierno
congela el temporal del alma mía
cuando el llanto de tus ojos deviene
diminutas gotas de rocío para alimentar
las rosas de tus jardines.
Murallas de añoranza en tus casas,
encaladas con el blanco de la aurora.
Deja que respire tu aliento,
que beba el dulce néctar de tus labios,
que destiña el vendaval de melancolía
que sobrevuela los surcos de la tristeza
con las manos dadivosas del amor.
Te llevo en mi corazón
Sierra Mágina del alma.
Por las veredas de la esperanza camino.
Por los gratos senderos de la ilusión
voy a tu encuentro.
Una guitarra suena en la noche de mi queja
y me habla de tus pueblos, de tus campos,
de tus gentes, de tus proyectos de vida
donde la luz se hace historia
y el suspiro campanario
para tañer a arrebato.
ENCARNACIÓN GÓMEZ VALENZUELA
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Acerca de mí...
- Encarna Gomez Valenzuela
- Pegalajar, Jaén, Spain
- Gracias por venir a recorrer estos senderos literarios que han brotado de una fontana silenciosa, sedienta de emoción y de calma. Gracias por leer estos poemas, por beber su aliento, por respirar su aroma, por destilar su esencia, por libar su néctar. Sabed que han brotado de un corazón anhelante que sueña con ser luz y ternura, primavera y sueño, calidez y verso. Mientras lo consigo sigo escribiendo, soñando, amando, enseñando, viviendo y cantando a la vida y al amor, al mar y a la tierra, a la tristeza y al llanto, al suspiro de la brisa y al deseo de los espejos, a la melancolía y a la nostalgia. La vida es como un poema que, en unas ocasiones, nos abre las puertas de paraísos ignotos, de hermosas praderas cuajadas de florecillas silvestres, de exóticos jardines, de luminosas estancias donde germinan los sueños y donde se gesta el amor, pero en otras nos aboca al temblor de los fracasos, al dolor de las heridas, al vacío de las ausencias, al llanto de las tormentas, al furor de las ventiscas, al horror de las contiendas y a la tupida oscuridad de una noche sin luceros. Espero que seas feliz mientras bebes agua de los manantiales de la poesía, de las fontanas del verso.
miércoles, 7 de julio de 2010
sábado, 3 de abril de 2010
AGUA DULCE
Cuando brota el murmullo de las aguas
en el caño de ausencias de otros tiempos,
repleto de presencias en la charca,
esparce su tonada por la sierra
y el parque se adormece lentamente
absorto en el clamor del agua dulce.
El verde oscurecido de los pinos,
libando ese dulzor de primavera,
se bebe los delirios en sus copas
insomne en el perfil tierno del agua.
Y dicen los jardines que es verano,
la rueda del verdor en los rosales.
El agua cristalina se derrama
mojando el arrebol de mis mejillas.
en el caño de ausencias de otros tiempos,
repleto de presencias en la charca,
esparce su tonada por la sierra
y el parque se adormece lentamente
absorto en el clamor del agua dulce.
El verde oscurecido de los pinos,
libando ese dulzor de primavera,
se bebe los delirios en sus copas
insomne en el perfil tierno del agua.
Y dicen los jardines que es verano,
la rueda del verdor en los rosales.
El agua cristalina se derrama
mojando el arrebol de mis mejillas.
lunes, 10 de agosto de 2009
CUANDO SALÍ DE MI TIERRA
ENCARNACIÓN GÓMEZ VALENZUELA
CUANDO SALÍ DE
MI TIERRA
III PREMIO EN EL CONCURSO DE CUENTOS 2008
“UN MUNDO DE COLORES”
CONVOCADO POR LA ASOCIACIÓN “AFRO” DE VITORIA
DICIEMBRE DE 2008
Cuando salí de mi tierra, el cielo, que aquel día había lucido un azul luminoso, comenzó a oscurecerse y devino plomizo y sombrío. Su tristeza parecía acompañarme y sombrear mi alma con oleadas de melancolía.
Caminaba despacio, reteniendo las lágrimas en los ojos. No deseaba que nadie me viera llorar. Mi pena era sólo mía y detestaba manifestarla ante los demás. La tarde, como una flor mustia, declinaba lentamente. El viento fresco que anuncia lluvia había comenzado a soplar. Envuelta en la túnica de los pies a la cabeza, continuaba mi camino. Me dirigí hacia la playa. Cuando vislumbré la inmensidad del agua, fue como si un puñal se clavara en mi corazón, pero, a la vez, como si una suave brisa abanicara mi alma. Aquel entrañable ámbito que, a estas horas, se encontraba desierto, parecía estar anclado en la esperanza de un porvenir. Tuve miedo y corrí a ocultarme entre los acantilados. Llena de pánico, en aquel lugar descubrí otros seres que, agazapados sobre la arena, me miraban con ojos febriles. Era como si albergaran en sus entrañas el mismo dolor que flagelaba mi pecho. Me quedé a una distancia prudencial de ellos.
Cuando la noche, con su oscuridad y su lejanía, cubrió la bahía, una desvencijada patera, surgida de las sombras, se dibujó sutilmente en el espejo tenebroso del agua. Un demencial aullido movilizó a aquellos seres que se precipitaron hacia la vetusta embarcación con la cautela de un felino. Entonces comprendí que éramos compañeros de viaje. Abandoné los acantilados y me dirigí hacia el navío en el que apenas si quedaba sitio. Las frías aguas de aquel mar de mi azaroso destino bañaron mis pies y consiguieron que tomara plena consciencia del paso que iba a dar.
Embarcábamos clandestinamente con destino a otras tierras donde poder comenzar una vida nueva. Huíamos de la miseria y del miedo y de la ausencia de libertades. Abrigábamos el ansiado deseo de encontrar una vida digna, libre de carencias y de privaciones. Íbamos a navegar por un mar de esperanza, por un mar que esperábamos fuera un puente de unión entre nuestra tierra y ese lugar al que nos dirigíamos donde anhelábamos forjarnos un futuro prometedor.
–¡Haced un hueco! –gritó una voz brusca y autoritaria.
Con el corazón vacilante y los ojos velados por las lágrimas comencé a adentrarme en el obsoleto navío. Mi alma era un mar devastado por el vendaval. Pensé que las fuerzas iban a abandonarme, pero resistí. Aquellos seres desconocidos ya se habían acomodado unos junto a otros. Eran todos varones y me inspiraban desconfianza. Yo dudaba dónde situarme. De súbito, vi brillar unas pupilas oscuras que parecían ser el reflejo de mí misma. Pertenecían a una mujer joven que me miraba con ojos vidriosos. Con la mano me hacía señas para que me acercara. Me hizo un lado junto a ella. Aquel gesto alivió la inquietud que padecía. Con una sonrisa, agradecí aquel detalle que, por el momento, me había salvado de la incertidumbre. Aquella muchacha me devolvió la sonrisa y, acercándose a mí, depositó un beso en mis mejillas. Quedé gratamente sorprendida y se lo agradecí del mismo modo. Era una satisfacción encontrar una amiga en tan patéticos momentos. Nos cogimos de la mano y, con gesto conciliador, tratamos de inculcarnos mutuamente entereza y valor. Éramos las dos únicas mujeres que íbamos a bordo.
miércoles, 29 de julio de 2009
A SOLAS CON MI DOLOR
A todas las mujeres que anhelan vivir
en relaciones de igualdad con su pareja.
La luz del alba penetra por las rendijas de la ventana. Apenas traspasa tan breves hendiduras se expande, presurosa, por la alcoba bañando de sutil luminosidad de penumbra la estancia. A medida que avanza el día, mi angustia y mi dolor aumentan. Cada vez se hacen más obvios e insondables. Son como un pozo sin fondo en el que me encuentro hundida y del que no puedo emerger.
Todo, aún, permanece en reposo... todo menos mi alma que, lastimada, deambula errante intentando buscar un asidero al que agarrarse para que le ayude a mitigar el sufrimiento. Pero es una búsqueda ardua y confusa. El mundo entero parece eludir mi llamada, rehuir mi petición de auxilio. Sola y herida vago por los senderos del tiempo... Por la infancia, tan lejana ya, en la cual, rodeada del cariño de mis padres y hermanos, fui feliz. Por la adolescencia... ¡Cuántas ilusiones albergaba en mi pecho! ¡Cuántos proyectos de futuro desvanecidos en el brusco oleaje de la vida! Por la juventud, cuando parecía tener el mundo en mis manos. Y ahora... me encuentro sola y vacía, marginada en soledad y lejanía, envuelta en las aciagas marañas de la indefensión y del desamparo.
Ya no tengo nada. Mis manos están vacías. He perdido la esperanza por los caminos de mi dolor. Mi corazón vulnerado va quebrando su latido en las brumas del tormento. El viento lleva mi queja, apagada en un susurro. Mis suspiros y mi llanto rompen las olas del aire. Ya no me queda alegría, la fe se me ha marchitado y mis sueños transparentes se deshacen lentamente en un mar de desengaños. Estoy perdida en la niebla. Noche oscura de mi pena que me cierra las ventanas y me oprime en pesadillas. En los espejos del mar jamás veré reflejado el rostro de las sirenas. Ni podré soñar palomas a orillas de la ilusión.
Aún no me explico cómo he podido aguantar tantos años junto a él, tanto tiempo atrapada entre sus garras, teniéndome que someter a su voluntad, viviendo anulada como persona, no pudiendo expresar lo que sentía, lo que pensaba, callándolo todo, fingiendo, disimulando para que nadie supiera lo que sucedía en casa y no pudieran tacharlo de mala persona.
en relaciones de igualdad con su pareja.
La luz del alba penetra por las rendijas de la ventana. Apenas traspasa tan breves hendiduras se expande, presurosa, por la alcoba bañando de sutil luminosidad de penumbra la estancia. A medida que avanza el día, mi angustia y mi dolor aumentan. Cada vez se hacen más obvios e insondables. Son como un pozo sin fondo en el que me encuentro hundida y del que no puedo emerger.
Todo, aún, permanece en reposo... todo menos mi alma que, lastimada, deambula errante intentando buscar un asidero al que agarrarse para que le ayude a mitigar el sufrimiento. Pero es una búsqueda ardua y confusa. El mundo entero parece eludir mi llamada, rehuir mi petición de auxilio. Sola y herida vago por los senderos del tiempo... Por la infancia, tan lejana ya, en la cual, rodeada del cariño de mis padres y hermanos, fui feliz. Por la adolescencia... ¡Cuántas ilusiones albergaba en mi pecho! ¡Cuántos proyectos de futuro desvanecidos en el brusco oleaje de la vida! Por la juventud, cuando parecía tener el mundo en mis manos. Y ahora... me encuentro sola y vacía, marginada en soledad y lejanía, envuelta en las aciagas marañas de la indefensión y del desamparo.
Ya no tengo nada. Mis manos están vacías. He perdido la esperanza por los caminos de mi dolor. Mi corazón vulnerado va quebrando su latido en las brumas del tormento. El viento lleva mi queja, apagada en un susurro. Mis suspiros y mi llanto rompen las olas del aire. Ya no me queda alegría, la fe se me ha marchitado y mis sueños transparentes se deshacen lentamente en un mar de desengaños. Estoy perdida en la niebla. Noche oscura de mi pena que me cierra las ventanas y me oprime en pesadillas. En los espejos del mar jamás veré reflejado el rostro de las sirenas. Ni podré soñar palomas a orillas de la ilusión.
Aún no me explico cómo he podido aguantar tantos años junto a él, tanto tiempo atrapada entre sus garras, teniéndome que someter a su voluntad, viviendo anulada como persona, no pudiendo expresar lo que sentía, lo que pensaba, callándolo todo, fingiendo, disimulando para que nadie supiera lo que sucedía en casa y no pudieran tacharlo de mala persona.
martes, 28 de julio de 2009
DESLUMBRAMIENTO DE AMAPOLAS Y LIRIOS
No creo que fuera la atracción por lo divino lo que encendió aquella cálida chispa que brotó en mi interior y que me acercaba a lo sagrado. Más bien sería lo humano porque en esa edad no suele verse más allá de lo puramente sensorial. O tal vez sería lo humano amalgamado con el misterio que envolvía el templo de mi niñez y que, desde mi limitada perspectiva infantil, yo vislumbraba.
Fue don Rafael, aquel sacerdote joven que olía a espliego y cuyos ojos derramaban dulzura cuando se dirigía a los niños. Sus pupilas, como un espejo fiel, reflejaban la bondad de su interior. Aquel día él se fijó en mí y me sonrió con tanta placidez y calma que yo no pude más que sentir un caluroso hormigueo en el corazón. Mis mejillas, siempre pálidas, comenzaron a despedir fuego. Entonces, con voz sosegada, me dijo:
–Te espero mañana por la tarde en la parroquia. No faltes.
No pude responderle, la gran inquietud que padecía me lo impidió. Sólo pude aseverar con el gesto. Me sentía como llamado por Dios para una misión inaudita. Fue como si Cristo me hubiera dicho: “Sígueme...”
Aquella noche tardé mucho en conciliar el sueño. La gran emoción que me embargaba me mantenía despierto. El día siguiente, engastado en las tareas escolares, transcurrió con tediosa lentitud. Ansiaba y temía el momento de encontrarme frente a don Rafael. No fui capaz de contar en casa lo sucedido. Quizá fue para no compartir con nadie la ilusión y el desasosiego que me poseían al mismo tiempo.
Mi corazón latía de forma desorbitada cuando me hallé en su presencia. Me miraba con ojos escrutadores manteniendo, sin embargo, en ellos esa chispa eléctrica que me seducía. Temí que leyera en mi mente la inquietud que se albergaba en mi pecho. Yo trataba de sonreír sin demasiado éxito en el intento.
Fue don Rafael, aquel sacerdote joven que olía a espliego y cuyos ojos derramaban dulzura cuando se dirigía a los niños. Sus pupilas, como un espejo fiel, reflejaban la bondad de su interior. Aquel día él se fijó en mí y me sonrió con tanta placidez y calma que yo no pude más que sentir un caluroso hormigueo en el corazón. Mis mejillas, siempre pálidas, comenzaron a despedir fuego. Entonces, con voz sosegada, me dijo:
–Te espero mañana por la tarde en la parroquia. No faltes.
No pude responderle, la gran inquietud que padecía me lo impidió. Sólo pude aseverar con el gesto. Me sentía como llamado por Dios para una misión inaudita. Fue como si Cristo me hubiera dicho: “Sígueme...”
Aquella noche tardé mucho en conciliar el sueño. La gran emoción que me embargaba me mantenía despierto. El día siguiente, engastado en las tareas escolares, transcurrió con tediosa lentitud. Ansiaba y temía el momento de encontrarme frente a don Rafael. No fui capaz de contar en casa lo sucedido. Quizá fue para no compartir con nadie la ilusión y el desasosiego que me poseían al mismo tiempo.
Mi corazón latía de forma desorbitada cuando me hallé en su presencia. Me miraba con ojos escrutadores manteniendo, sin embargo, en ellos esa chispa eléctrica que me seducía. Temí que leyera en mi mente la inquietud que se albergaba en mi pecho. Yo trataba de sonreír sin demasiado éxito en el intento.
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