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Pegalajar, Jaén, Spain
Gracias por venir a recorrer estos senderos literarios que han brotado de una fontana silenciosa, sedienta de emoción y de calma. Gracias por leer estos poemas, por beber su aliento, por respirar su aroma, por destilar su esencia, por libar su néctar. Sabed que han brotado de un corazón anhelante que sueña con ser luz y ternura, primavera y sueño, calidez y verso. Mientras lo consigo sigo escribiendo, soñando, amando, enseñando, viviendo y cantando a la vida y al amor, al mar y a la tierra, a la tristeza y al llanto, al suspiro de la brisa y al deseo de los espejos, a la melancolía y a la nostalgia. La vida es como un poema que, en unas ocasiones, nos abre las puertas de paraísos ignotos, de hermosas praderas cuajadas de florecillas silvestres, de exóticos jardines, de luminosas estancias donde germinan los sueños y donde se gesta el amor, pero en otras nos aboca al temblor de los fracasos, al dolor de las heridas, al vacío de las ausencias, al llanto de las tormentas, al furor de las ventiscas, al horror de las contiendas y a la tupida oscuridad de una noche sin luceros. Espero que seas feliz mientras bebes agua de los manantiales de la poesía, de las fontanas del verso.

jueves, 23 de julio de 2026

RESEÑA DE LA NOVELA CONDENADOS AL DRAMA DEL SILENCIO DE LA ESCRITORA ENCARNA GÓMEZ VALENZUELA A CARGO DE LA AUTORA NERY SANTOS GÓMEZ

 


 Condenados al drama del silencio es memoria, resistencia y humanidad en los parajes de Sierra Mágina

«Al terminar la guerra civil en España, Elena no era consciente de la tragedia que la vida le tenía reservada para mostrársela en el momento oportuno».

Con esta frase sobria y premonitoria se abre una historia donde la felicidad íntima y la amenaza histórica conviven bajo el mismo techo. Desde las primeras páginas, la joven despierta con el sabor de la miel aún en los labios tras una noche de amor, mientras en el trasfondo late la sospecha política, la vigilancia y el miedo. La luz entra por el balcón, los niños duermen, la casa respira… pero la tragedia ya ha comenzado a tejerse en silencio.

Así inicia su nueva novela Encarna Gómez Valenzuela, nacida en Pegalajar (Jaén), autora con sólida trayectoria en poesía y narrativa breve, reconocida con numerosos premios y con más de setenta participaciones en antologías. Miembro del Centro Andaluz de las Letras y activa promotora cultural, ha transitado con naturalidad del relato a la novela extensa. Condenados al drama del silencio constituye su tercera novela y la segunda parte de la saga iniciada con Tiempo de vivir, obra en la que abordó los estragos inmediatos de la Guerra Civil Española. Si aquella primera entrega se detenía en el estallido y la fractura, esta se instala de lleno en los años ásperos de la posguerra, ese tiempo en que la violencia ya no grita, pero se incrusta en la vida cotidiana bajo la forma del miedo, la sospecha y la represión silenciosa.

El prólogo de Gloria Nistal Rosique —escritora, fotógrafa, profesora y africanista— constituye un excelente preámbulo que abre el interés del lector desde las primeras líneas. Su mirada no solo contextualiza la obra dentro de la saga iniciada por la autora, sino que la legitima como ejercicio ético de memoria y como novela capaz de atrapar por su tensión narrativa. Nistal subraya que no se trata únicamente de una narración histórica, sino de una novela viva, íntima y necesaria. Y lo es porque convierte el pasado en experiencia sensible. La acción transcurre en Pegalajar, pequeño enclave de Sierra Mágina, donde la historia nacional se filtra en cada casa, en cada relación familiar, en cada conversación contenida. La autora construye un fresco coral en el que reaparecen personajes como Elena, María, Amador y doña Luisa, cuyas trayectorias ya conocían los que leyeron la primera novela (Tiempo de vivir) y los entrelaza con nuevas figuras que amplían la dimensión humana del relato. Sin embargo, no es necesario haber leído la primera para entender esta.

 

Desde las primeras páginas, la novela instala una atmósfera de tensión contenida. La citación de Amador por parte del alcalde no es un simple trámite administrativo: es la manifestación de un poder que vigila, clasifica y sospecha. El episodio revela cómo, tras el final oficial de la guerra, continúa la pugna ideológica en el ámbito rural, donde cualquier gesto —no cantar un himno, no alzar el brazo— puede convertirse en motivo de persecución. La España de la posguerra aparece así encarnada en un microcosmos campesino donde las jerarquías sociales, los rencores y las lealtades se marcan a fuego.

 

Uno de los grandes aciertos de Gómez Valenzuela es la manera en que entrelaza lo político con lo doméstico. La historia pública no se impone desde fuera; penetra en la intimidad de las casas. La “casa grande” funciona como espacio simbólico del poder heredado, del control materno y de las tensiones familiares, mientras que el monte, donde se refugian los maquis, representa la resistencia clandestina. Entre ambos polos se despliega un entramado de miedos y solidaridades, de silencios obligados y gestos de ayuda que sostienen la dignidad en medio de la escasez.

 

La escena del pozo, en la que el pequeño Jorge cae al agua, es particularmente reveladora del talento narrativo de la autora. El lector asiste a la angustia de la madre que canta para mantener despierto al niño mientras espera ayuda, al descenso del joven Ángel atado con una soga y al cuerpo frío que emerge. No es solo un accidente doméstico: es la metáfora de un país que lucha por no hundirse, de una comunidad que solo puede salvarse a través de la solidaridad. La tensión está medida con precisión, sin excesos melodramáticos, pero con una intensidad que obliga al lector a contener la respiración.

 

En términos técnicos, la novela emplea recursos propios de la narrativa contemporánea. El cierre de capítulos en momentos de máxima tensión, la alternancia de historias paralelas y el uso de analepsis que revelan secretos familiares dinamizan la estructura. La reconstrucción del pasado de los personajes —como el enredo de la ascendencia de Amador o el misterio en torno al nacimiento de Elena— no responde a un mero afán de intriga, sino que refuerza la idea de que la identidad se construye sobre verdades ocultas y silencios impuestos.

 

La caracterización de los personajes constituye otro de sus pilares. No hay figuras planas ni caricaturescas. Incluso quienes encarnan posturas más rígidas o autoritarias aparecen dotados de motivaciones complejas. Doña Luisa, postrada en la cama, oscila entre la queja constante, el deseo de control y una vulnerabilidad que la humaniza. María, la sirvienta, representa la dignidad de quienes no tuvieron acceso a la educación porque, según la mentalidad dominante, “las mujeres que aprendían a leer y a escribir eran las más rebeldes”. Esa frase resume el entramado ideológico de la época y la crítica implícita de la autora hacia el sistema patriarcal que condenaba a las mujeres a la obediencia y al silencio.

 

La violencia sexual, la represión política y el machismo no se presentan con morbo. La prosa se mueve entre el realismo y el lirismo, con un equilibrio que impide la caída en el dramatismo fácil. Las escenas amorosas están narradas con delicadeza y contención, mientras que los episodios más crudos se exponen con firmeza ética. El drama aquí no es estridencia; es persistencia. Es la carga que se arrastra día tras día.

 

La naturaleza desempeña un papel fundamental. Los olivares, las labores agrícolas, los amaneceres sobre la sierra, la preparación minuciosa de los alimentos o de una simple infusión no son detalles ornamentales. Son actos de resistencia. El trabajo en la tierra, la comida compartida, el cuidado de los niños, constituyen formas de afirmar la vida frente a la devastación histórica. El paisaje no es telón de fondo, sino parece un personaje más junto a los protagonistas.

 

Condenados al drama del silencio logra algo que no todas las novelas históricas alcanzan: transformar el documento en emoción y la memoria en experiencia literaria. Más que relatar hechos, recrea la textura de una época, el modo en que se hablaba, se temía y se amaba en la España rural de los años cuarenta. La obra se erige así en biografía fragmentada de un pueblo, en crónica íntima de las dos Españas enfrentadas, en testimonio de los vencidos y de quienes, aun sin empuñar armas, resistieron desde la cocina, el campo o el monte.

 Estamos ante una novela necesaria porque nos recuerda que el silencio también tiene historia y que cada familia guarda su propio archivo de sombras. Encarna Gómez Valenzuela no se limita a contar la posguerra: la encarna en cuerpos, voces y paisajes. Y al hacerlo, convierte la literatura en un espacio de memoria y reparación, donde las voces acalladas encuentran, por fin, un cauce para decir lo que durante años no pudo pronunciarse.

 

Y terminó esta reseña preguntándome si habrá una tercera novela. El final abierto lo sugiere y los lectores lo pedimos.

 

Maravillosa reseña de mi novela hecha por Nery Santos Gómez. Gracias Nery, se nota que eres una entendida en literatura y en formas de narrativa y de poesía.


 















 

 


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